Careta fue la primera. Siempre hubo perros en el patio de la casa de mi abuelo. Allí la afición a la cacería mueve a los hombres a acumular perros en sus patios con la menguante ilusión de que les traigan la pieza sin comérsela por el camino. Por lo general son de media casta, frugalmente alimentados, según el mentor y de regulares modales según también el tarugo que los críe.
Esta costumbre, convertida ya en tradición, se convirtió en mi en pura indiferencia hacia los animales que moraban nuestra casa. Las escasas horas que pasaba allí justificaban el desapego que siempre les tuve a los perros. Pero esta vez iba a ser diferente.
Al principio fue como siempre. Yo sabía que estaba allí y ella sabía que alguien andaba por aquella casa por lo general oscura y silenciosa como una tumba, ya que desde hace años nadie vive en el que fue hogar de mi abuelo, excepción hecha de los fines de semana y las fiestas locales.No sé si fue por propia iniciativa o por mero instinto, pero el hecho es que el cúmulo de horas solitarias que iba pasando en mi nueva residencia me fue inclinando a acercarme cada vez más al patio.
La luz, que entra a la casa desde ese lado; las macetas, que dan un punto de color, de vida necesario y que contrasta con el estatismo de una casa umbría y vacía...todo esto me hacía pasar más ratos en ese lado de la casa; o eso creía yo. El caso es que me fui acercando a ella. Un día cualquiera decidí cambiar mi sitio de lectura y ponerme en el patio, con una silla al agradable sol de Marzo, no como el que tenemos ahora. Ella me miraba extrañada; supongo que en su vida había visto a nadie sentarse a leer delante de ella. El caso es que yo allí me sentía agusto. Aquellos ojitos mirándome atentamente a cada movimiento que yo hacía, o distrayéndose con los sonidos más insignificantes...todo aquello me hacía formar parte de algo en lo que no estaba sólo. Los dos compartíamos la tarde, toda para nosotros, sin que nadie nos molestara. Los sones horarios del campanario eran el único punto y seguido en nuestro remanso.
El cariño del uno hacia el otro fue aumentando. Le daba de comer cada día: cuando había pienso, pienso, cuando no, tenía que sacar ingenio...hasta llegué a comer menos de los tupper de mi madre para dejarle algo, componiendo la manduca con un mendrugo de pan mojao en sopa, en fideos, en menestra...etc. Incluso chorizo ibérico le daba, que a mi no me sienta demasiado bien. ¡Cómo agradecía aquellos apaños!. Cuando me oía entrar por la puerta los días entre semana cerca de las tres, se ponía a ladrar y ya no se escuchaba otra cosa en toda la casa. Yo abría la ventana de la cocina y le respondía : ¡Quién ha venío! ¡ Y mi Careta guapa! jajajaja, me reía yo sólo imaginando que alguien me oyera.
A partir de entonces todo era aparecer en el patio y empezaba la fiesta. Daba saltos tan altos que me llegaba a la cabeza, hasta que arrancaba la pica que la sostenía a la cadena. Su ilusión por verme la ponía tan nerviosa que todo lo que quería era tocarme; literalmente se abrazaba a mi pierna y no quería que me separa de ella, ladrando, saltando, corriendo...como loca. Qué pocas veces vemos esa alegría natural en la gente que nos conoce cuando nos encontramos; quizá cuando hace mucho que no nos ven, pero jamás tan de verdad e imposible en la cotidianidad del día a día. Es una alegría desbordante, que lo llena todo y siempre a pesar de que un día se te olvide darle de comer, o no la saques a correr, o la tengas desatendida, sin agua fresca y con moscas alrededor...cuando llegas allí está todo el cariño del mundo para ti, sin reproches, sin malas caras, sin esas verdades que te hacen culpable...todo se olvida, como si no hubiera existido. ¿Hay un amor más sincero que ese?, dar y no esperar, perdonarlo todo, olvidarlo todo...
Me di cuenta de lo celosa que era cuando apareció en escena el otro individuo: Tropezón. Un bretón pequeñito (cada vez menos) que escogimos de entre toda una camada. Por supuesto me fijé en el más tontorrón, el que casi no andaba mientras sus hermanos saltaban de aquí para allá. Él no hacía más que tropezarse y esconderse tras unas tablas. Estaba claro que era el elegido.
Al principio les costó adaptarse el uno al otro. Como en cualquier relación, uno de los dos tenía que ceder más para equilibrar las cosas, y entonces conocí la nobleza de Careta. El enano torpe se hacía con el mando, hacía y deshacía, comía de lo suyo después de jartarse de lo ajeno...sin embargo, siempre era él quien iba en busca de ella. Saltándole encima, haciéndola rabiar, mordiéndole la oreja, las patas...un incordio; pero ella lo aguanta todo y rara vez le ladra. Me emocionaba ver cómo después de un par de días difíciles marcando terreno por fin jugaban juntos, compartían jergón y ya son uña y carne, siendo tan diferentes. Eso sí, tengo que acariciarlos alternativamente y repartiendo los tiempos, sino se ponen celosos...ella más que él, incluso de M.del Mar...que también me ha enseñado a quererlos, casi sin darse cuenta.
Allí siguen los dos, esperando a que vuelva, destrozando cualquier zapato despistado que caiga por allí; regalando empatía y cariño a todo aquel que quiera pararse a su lado un rato, no mucho...si se sabe apreciar, si se sabe comprender cuánto bien nos hacen y qué poco se lo agradecemos. Ahora iré preparándome para la despedida, que será dura y triste, pues fueron mis fieles compañeros durante 5 meses de mi vida. Nunca sabrán lo importantes que fueron para mi; una presencia real a la que me agarraba y que convertía la soledad en un juego de niños. Ellos son los verdaderos dueños de la casa, pues conocen como nadie el sonido profundo de las horas muertas que transcurren dentro de ella.
Desgraciadamente hay cosas que nunca cambian; a pesar de la buena voluntad de uno por autoconvencerse de que no, de que si mejoran los servicios, las infraestructuras, los medios para educación, deportes…etc, la gente de los pueblos será diferente a cuando yo era un niño y pegaba pelotazos por estas calles.Y ciertamente sería mentir si digo que todo sigue igual; pero la tendencia, por lo que veo y oigo, es copiar lo malo de la gente joven de ciudad manteniendo las sin razones de antaño. Por ejemplo: aquí hasta hace muy poco salir a correr era algo "rarito". Incluso ahora los que pasan con sus 4X4 me miran con extrañeza, supongo que también ayuda el hecho de que casi no me conocen...pero no hace falta que explique de qué tipo de miradas se trata. Por suerte los tiempos cambian...aunque me doy cuenta de que peligrosamente los más jóvenes del lugar; niños con y sin gorra, me miran extrañados cuando me ven pasar. Si no me sueltan alguna gracia (pero bueno, yo alguna vez también lo hice - ¿vuelvo a justificarlo? - ). Y es que conociendo a los padres se hace difícil que aquí el tiempo vaya cambiando las mentes al mismo tiempo que en ciudades o capitales (si es que allí cambia algo). No deja de sorprenderme cómo chavales de por aquí siguen teniendo los mismos intereses o incluso más deprimentes que los que hace 10 ó 15 años. Recuerdo cuando pasaba aquí los veranos con 16 ó 18, y con muchos menos, y notaba lo diferente que eran a mi. Compartíamos las cosas comunes de la edad: chicas, fútbol, juegos o pensar en chorradas como atarle a un perro un bengala o poner a pelear a los gatos...pero había algo no dicho que los dejaba fuera de ciertas cosas.
Antonio era uno de mis amigos favoritos. Era una de esas personas con la que, por encima de cualquier otra sensación, primaba el bienestar. Se estaba bien con él. Era agradable, entre otras cosas porque podías hablarle de cualquier cosa. No había nada que le pareciera ridículo o fuera de lugar. Sus formas me parecían un poco heterodoxas: su forma de reír, andares, sus movimientos e incluso su forma de estar. No se parecía en nada a cualquier otro chico del lugar. De largo era el más inteligente, más sosegado, tranquilo y paciente. Tenía una madurez extraña a su edad; eso y las ganas de evadirse era lo que saltaba a primera vista.
Casi siempre estaba sólo.
Seguramente alguno lo haya pensado ya, lo que por otra parte es una lástima: que pensemos así…todavía. Pero sí, era homosexual. Claro que tenía amigos, pero es aquí donde yo veía lo lejos que estaba de la forma de sentir y de percibir las cosas con respecto a la gente de por aquí. Muchos lo odiaban y ni siquiera lo conocían. Para mi era algo extrañísimo. Cómo era posible que una persona que te hace tan ameno los ratos que pasas con ella pueda ser repudiada y vilipendiada por sus vecinos. Por supuesto era una visión ingenua propia de mi edad. Cuando se es pequeño la maldad es lo raro, lo extraño, lo que casi nunca pasa.
Por desgracia Antonio terminó odiando a su pueblo.
¿Por qué cada vez salen menos universitarios de este pueblo si hay más niños que antes?. ¿Por qué crecen los embarazos de niñas?. ¿Por qué te pones en la puerta al fresco a leer un libro y terminas sintiéndote como un extraterrestre?...Cómo pensar que algo está mejorando con todos estos atenuantes.
Algo está pasando con la juventud. Les están convenciendo entre todos que pelear por las cosas que te gustan no tiene sentido, que los sueños, sueños son; que con veinte años ya lo conoces todo y nada en la vida te sorprenderá en adelante. Les han dejado sin fe. Por suerte no todos son así, pero que duro es, todavía, ser un “Antonio” en un pueblo como este…o sin ir tan lejos, ponerse a leer en un pueblo como este.
Bajar a los infiernos, saber de qué partes consta y quienes son sus habitantes...lascivos, glotones, manirotos, apáticos, seductores, mentirosos,...en realidad no es sólo eso; es un viaje por la condición del género humano: "Oh, sol que curas la vista turbada,/tú me contentas tanto resolviendo, / que no sólo el saber, dudar me gusta".
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Lo que oigo ahora
Hoy he descubierto a lo que parece ser dos minas musicales, a través de la gran discoteca de RNE Huelva, que contiene más de 30.000 vinilos, a los que hay que añadir varios miles de singles y cds. No exagero porque todo está catalogado, pero no digitalizado así que lo más normal que pase conociendo la casa es que cuando se inicien las obras previstas, alguien vendrá vestido con un mono azul y dirá :"Esto hay que quitarlo de aquí", es decir: esto hay que tirarlo. Sí amigos sí, así se las gastan aquí. En Córdoba un director previsor y con algo de humanismo los envió a la biblioteca pública para que la gente pudiera disfrutar de toda aquella discoteca. La última noticia que tuve es que están perfectamente empaquetados en una sala subterránea del propio ayuntamiento de Córdoba (para que luego digan que los colores políticos tratan diferente al arte, ja). En fin. Que los dos grandísimos músicos que he conocido hoy son : Roy Buchanan, guitarrista de blues nacido en el 39 y muerto ahorcado en la una cárcel norteamericana en 1988, víctima de las drogas y el alcohol, aunque su familia todavía mantiene que no se suicidó. Lo cierto es que me encanta porque parece que fue el que enseñó a tocar la guitarra a David Gilmour, de hecho he leído que es un monstruo del glissando y pionero del sonido Telecaster (la fender telecaster). Para dedicarle un ratito: . Sé que más de uno va a flipar con esto. Ya me contaréis por los bares. La otra es Ellie Greenwich, buenísima también. A ver si mañana puedo hablaros más de la tipa en cuestión.
Películas Preferidas
A petición de una buena amiga, voy a hacer la típica lista de películas preferidas por mi, que para algo es mío el blog jajajaja. La iré actualizando cuando vea una película que me guste y que merezca el honor de hacerse con un hueco dentro de mis favoritas. Habrá titulos clásicos y modernos, todo al servicio del gusto, ni más ni menos.
1. El buscavidas (The hustler.1961. Robert Rossen.)
Siempre me cuesta muchísimo decidirme por mi película favorita, pero quizá ésta esté muy cerquita. Historia de perdedores, de aprovechados, de amor trágico y personajes llenos de vida aún en la derrota. Majestuoso Paul Newman, Piper Laurie..y un largo etc...olor a jazz a las 3 de la mañana. Un pecado no verla en vida.
2. Breve Encuentro (Brief Encounter. David Lean 1946)
Encontré esta película por casualidad, en una estantería de mi biblioteca municipal. Me senté a verla con la mini esperanza que le damos a una peli de la que nadie nos habló ni leímos nada. Y quedé enamorado...de ella, de ese amor puro del que nos habla, de ese dolor inmenso de la separación a pesar de los sentimientos, de la voz en off de Celia Johnson, de la interpretación de Trevor Howard, del cine en blanco y negro. A nadie dejará indeferente esta película con mayúsculas, lo tengo bien comprobado.
3. El apartamento (The apartment. 1960. Billy Wilder)
Quizá la mejor película de Billy Wilder, que es como decir el mejor gol de Maradona (que alguien se atreva a decir cuál es el mejor). Una auténtica joya, delicada, sencilla y profunda,...te hace reír y llorar casi al mismo tiempo. Como cuando suenan los Beatles, siempre es buen momento para ver esta película. Jack Lemmon y Shirley McLain se convirtieron en eternos con esta película. Es una buena razón para que cuando lleguen los alienígenas no nos aniquilen a todos. Grande Billy.
4. ¡Qué bello es vivir! (It's a Wondeful Life. Frank Capra. 1946)
Un final made in Capra viene a ser un final feliz, y quizá esta película tenga el final feliz más famoso de la historia del cine. Lo que sí es verdad sin ninguna duda es que estamos ante una grandísima película, entrañable y emotiva a partes iguales; que entronca con la tradición navideña de Charles Dickens. Cuento redondo que no deja cabo sueltos y que demuestra cómo una persona cualquiera se convierte en un héroe sin pretenderlo, sólo por vivir cumpliendo su deber tal y como dicta su conciencia...¿que pasaría si borraramos nuestra vida, con todas nuestras pequeñas o grandes buenas acciones?. Se recomienda verla con sofá, estufa, bata, polvorones y anís la castellana, no más de dos copas para no perder el hilo.
5. Doctor Zhivago
Tuve la suerte de volver a verla hace poco. Para quedarse ahora en invierno, en la agradable calidez de la mesa de camilla, con unos polvorones y una copita de anís o coñac. El resto lo podéis ver en esta pieza creación de TCM.
Con mis coleguitas de Dos Hermanas. Guena gente tela.
Bautizo en el Quema
Nombrado Pony Bravo Peregrino Inquieto
Botas. Vincent Van Gogh
Esta historia se la debemos a Paul Gauguin que compartió una habitación con Vincent en Arles allá por 1888. Nos cuenta que en el estudio había un par de botas claveteadas llenas de barro de las que hizo una notable pintura, intrigado por la razón para guardar semejante pingajo se atrevió a preguntárselo un día. Entonces Vincent le contó la historia de ese par de zapatos. “Mi padre era pastor, con lo cual estudié teología. Una mañana, sin decir nada a nadie, marché a Bélgica, siendo muy joven, dispuesto a predicar el evangelio en las fábricas, pero no como me enseñaron sino como yo lo entendía, pues creo que Jesús ama a los pobres. Esas botas soportaron muy bien el viaje”. Pero hay más, según cuenta Gauguin (que lo tacha de loco), mientras Vincent predicaba a los mineros de Borinage, hubo una explosión de grisú, cuya víctima, dado el grado de quemaduras y mutilación que tenía, fue desahuciado por el médico que llegó a decir que sólo un milagro podría salvarlo. Vincent se entregó a su cuidado con toda su alma, permaneció con él durante cuarenta días, atendiéndole con tanto cuidado que le salvo la vida. Las cicatrices del rostro de ese hombre, resucitado por el milagro del cuidado, se le aparecieron a Vincent como las cicatrices de una corona de espinas, por lo que tuvo la visión de la corona de espinas del Cristo resucitado. Este era el auténtico motivo por el que todavía no se había desprendido del par de botas (cual reliquia) que llevaba cuando tuvo esa visión. Las botas en las que Vincent hizo resucitar a Jesús, el Jesús que mora en lo más profundo de cada uno. Gauguin termina el relato diciendo: “Y Vincent tomó de nuevo su pincel y, silenciosamente, se puso a trabajar. Junto a él había un lienzo blanco. Y cuando comencé su retrato, yo mismo tuve la visión de Jesús predicando amorosa y humildemente”.
Mi memoria frágil
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Los años de institutos fueron los mejores de mi vida. Siempre he dicho eso
antes de que nacieran mis hijas. Eran tiempos de incertidumbres, de
crecimiento ...
EXPOSICIÓN COLECTIVA "EN CUALQUIER PARTE"
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Exposición colectiva en la sala de exposiciones Hacienda Santa Ana, en
Tomares (Sevilla). Participamos Antonio Barrera, Virginia Bersabé, Antonio
Lara y...
listando 2012: discos
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Si la pereza a la hora de escribir en el blog la extendemos a la tarea de
recopilar y poner orden (musicalmente) a este año que agoniza, lo más
natural ha...